2 de Enero de 2026
 

Pongamos todo en perspectiva / Todo pasa, y si no, pasará / Por Carlos Villalobos

 

 

 

El comienzo de año siempre me ha parecido un espacio peculiar, incluso en los años difíciles (y vaya que he tenido algunos en los que la vida no se ha guardado nada) sigue siendo una de mis épocas favoritas. Tal vez porque enero abre una tregua simbólica que permite desear el bien solo por desearlo, sin antecedentes, sin contexto, sin tener que conocer a la persona que está enfrente, un gesto mínimo, pero necesario.

 

Este inicio de año, sin embargo, no ocurrió como suele imaginarse, la madrugada del primero de enero me encontró en la zona de urgencias del IMSS, en Salina Cruz y es que después de la celebración, el encuentro y los mensajes de buenas intenciones, hubo espera. Silencio interrumpido por pasos apresurados, miradas cansadas. Entre todo eso, una escena que se quedó conmigo.

 

Sin cámaras, sin transmisiones en vivo, sin ningún intento de convertirlo en contenido, una familia (desde quien parecía una abuela hasta niñas y niños pequeños) llegó en una camioneta. Traían pan y café, lo ofrecieron a quienes estaban ahí, esperando noticias de amigos o familiares que estaban siendo atendidos. Así, sin más, sin discursos, sin explicaciones. Un acto sencillo que, en ese momento, decía mucho más que cualquier consigna sobre solidaridad.

 

También vi algo que suele olvidarse entre la crítica constante y la desconfianza generalizada. El IMSS, tan apedreado en la conversación pública, fue, en ese inicio de año, la única opción real de atención. Mientras clínicas privadas cerraban o reducían operaciones, por las festividades, ahí estaba esa infraestructura sosteniendo lo esencial, la vida; un detalle nada menor. Ese hospital en últimas fechas ha sido impulsado por la presidenta Claudia Sheinbaum y el gobernador Salomón Jara, y más allá de los nombres, la escena dejaba claro algo básico: cuando la salud se fortalece, importa de verdad.

 

El inicio del año también mostró su lado menos luminoso. A pesar de la esperanza que suele acompañar estos días, la inconsciencia hizo presencia: pirotecnia sin control que provocó a la postre incendios, disparos al aire, costumbres peligrosas que a pesar de los esfuerzos institucionales hagan todo lo posible, si ciudadanos no ponemos de nuestra parte, evitando, pero sobre todo denunciando, las festividades pueden empañarse.

 

Aun así, agradezco profundamente la atención recibida durante este 2025 que comienza a quienes comentaron, escribieron, mandaron un mensaje o se tomaron un momento para detenerse y dialogar en este espacio llamado Pongamos todo en perspectiva. Fue el primer año en que esta columna se escribió, semana tras semana, de forma ininterrumpida. No es poca cosa en tiempos donde la constancia también parece estar en crisis.

 

Este 2026 me llevo como mantra “La tempestad no es permanente”, frase que no busca cancelar el dolor ni minimizar las dificultades, pero recuerda algo necesario: todo pasa, incluso lo que hoy parece definitivo. Por eso, quizá, el verdadero deseo para este nuevo año no debería ser rimbombante o extraordinario, más bien, solo buscar aspirar a un poco más de paz, a sostener el diálogo, a apostar por la concertación antes que por el ruido.

 

El año empieza sin promesas claras. Pero empieza.

 

En ese simple hecho, hay todavía espacio para mirar al otro y desearle el bien. Aunque no sepamos su nombre. Aunque no sepamos cuánto tiempo se quedará.



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